...soy la Venus y estoy delante de una pila de trapos. Ahora escucho un ruido metálico, camino entre los restos de una fiesta. Ahora, encandilada por los colores brillantes, miro la foto de un hongo creciendo sobre la descomposición de un tomate...Imagínense a Merleau Ponty contemplando una montaña de basura en una galería de arte. Sus sentidos captarían en una milésima de segundo, despojados de todo juicio, una elevación en el piso, la variación de puntos de color, las ráfagas de olor incómodo. El filósofo, siempre abierto a nuevas experiencias perceptivas, se acercaría y un millar de moscas lo espantarían en la cara. Recién ahí descubriría lo más obvio del asunto, lo menos interesante: esa escultura, esa instalación, ese monstruo mutante y pestilente es… en realidad… un montón de desperdicios.
La muestra “Versiones de(l) Trash” incomoda. No puede recorrerse con indolencia. Hay que acercarse, pisar, tocar. Se explora con avidez, con rapacidad. Somos perros vagabundos. Se buscan pequeños trofeos de sentido, chistes, guiños, perlas, entre las instalaciones atestadas de imágenes sobreimpresas, videos, dibujos, fotografías. Y se trata, en su conjunto, de la puesta en escena de la búsqueda de algo más general: el trash argentino, por eso, recién después de su montaje completo, la muestra asumió el último nombre: “Argentrash”, como se lee en letras de cartón dorado desde la vidriera del Fondo Nacional de las Artes.
Para el curador, Rafael Cippolini, el trash es hoy “es una molestia en suspenso”; es algo que irrumpe con brutalidad en la percepción, obligándonos “a tomar partido, a abrir otros [nuevos] canales de sensación”. O si no: ¿qué hacer como espectadores con ese compendio de fallas, desajustes, imperfecciones, putrefacciones?Está claro que exponer las versiones del trash hoy, ni siquiera en el Fondo Nacional de las Artes, es una bofetada para alguien; hoy ya todos estamos curados -explotando la polisemia de la palabra- de espanto. Lo que implica en todo caso este tipo de manifestaciones es algo que demanda el arte contemporáneo en general, aunque el trash lo haga de modo más violento... es, decía, nuestra posición activa, una búsqueda de sentido más allá de lo convencional, una reactualización constante de la percepción primaria de ese objeto, capaz de abrirse, en el impacto, a los múltiples y nuevos significados. Es, obligar al público a arremangarse y a hurgar entre la basura.
En el blog de Cippolini puede leerse a otro "trash régie", Jordi Costa, según éste la “cultura basura” es una consecuencia del proceso iniciado con las vanguardias de principios de siglo, "pero mientras Duchamp, cuando firmó su urinario, situaba al artista como el único que podía decidir lo que era y no era arte, en la cultura basura el centro es el espectador, que es quien decide qué obra le provoca una experiencia estética y emocional". Por eso Cippolini dice que en la experiencia trash no se descontexualizan los objetos: los descontextualizados somos nosotros. Es decir, el trash nos arrastra a un baldío y una vez ahí, no nos queda otra que convertirnos en teóricos, a definir “porqué se aísla un fenómeno y qué tiene de extraordinario” para nosotros.
La explosión de la sociedad industrial y el derrumbe de los sueños de la modernidad dejaron flotando en el aire unas molestas, aunque también iridiscentes partículas que se fueron decantando hasta hoy: el kitsch, el camp, el trash. Las tres se fundan en el sentimiento de pérdida pero asumen diferentes reacciones: la primera, sufre por una idealizada añoranza; la segunda, es bipolar y pretensiosa; y la tercera, se ríe y dramatiza el costado ridículo de la tecnología. ¿Quieren encontrar el trash? Vayan al descampado donde descarriló el tren del progreso.Recorriendo las salas del FNA se pueden encontrar indicios del trash argento, del argentrash… ¿estará hecho de los desechos de las multinacionales, y el circuito que abona con ellos a la economía de subsistencia de los pobres? ¿Será nuestra tecnología obsoleta, a pleno funcionamiento? O teniendo en cuenta la debilidad histórica de la industria… ¿no habrá que buscar el trash argentino por excelencia en la burocracia estatal? Volviendo al pensamiento de Merleau Ponty, ninguna verdad es absoluta ni intemporal. La sociedad post industrial nos deja listos sus desperdicios –tangibles e intangibles- para que los resemanticemos, como perros vagabundos.







































