jueves 24 de marzo de 2011

Volver a la Esma


Conocí la Esma en el 2002. En esa época yo me ganaba la vida vendiendo productos financieros en un banco, y en algunos casos, tenía que ir a buscar los papeles al domicilio laboral de los clientes. Por teléfono una señora, muy amable, me dio su dirección para que yo pasara a dejarle el contrato: "Libertador al 8000... ¿te ubicás querida?... Es en la Esma". Por unos segundos resistí la perplejidad. ¿Qué hacer? Podía derivarle la gestión a otro compañero (tenía compañeros que se ofrecían a ir a ese lugar, como si fuera cualquier otro). Pero también tenía en claro que esa visita a la Esma era la oportunidad para incursionar en un mundo que todavía seguía hermético, a la historia y a la sociedad. Fui. Llegué a la puerta de hierro enrejada con una tristeza que se fundía en miedo. El corazón latía. Pasé por la entrada central de Libertador, me anuncié en el mismo hall de techos bajos que hay ahora. Tuve que esperar ahí unos minutos. Flotaba en ese ambiente una especie de horror mudo. Era una sala prolija, limpia, que mantenía con escrupulosidad la decoración de los años setenta: la pintura vieja de las paredes, los sillones de material con almohadones gastados en cuerina verde, algunos sectores revestidos en ladrillo a la vista, todo estaba intacto, como en un museo. Algunos rayos de sol atravesaban el aire viciado y caían sobre los retratos de los generales, que adornaban las paredes de ese hall. Lo tenebroso era la naturalidad con la que se desarrollaba todo. Como si la historia fuera un continuum, una línea lógica sin cortes, sin saltos, sin preguntas.

Mi clienta era parte del personal administrativo. Caminé entre las calles hasta llegar al pabellón que me habían indicado (quedaba a la izquierda, un poco más adentro que donde se ubica el actual Centro Cultural Haroldo Conti). El pabellón, de uno o dos pisos, estaba compuesto por un patio central, al que daban todas las oficinas. Subí las escaleras, busqué el número de oficina en las puertas altas de madera. Entré a la habitación, creo recordar que tenía pegados en las paredes amarillas un par de pósters de paisajes y un cuadrito religioso con marco dorado, y sobre éste (si no es una transposición de mi memoria), había colgado un crucifijo. La vieja, de unos cincuenta y tantos, me estaba esperando en la puerta. Trató de recibirme con cordialidad "¿viste? esto es enorme, es como una ciudad... hasta-hay-una-pileta-de-natación". "Sí, sí... sabía que hay una pileta..." fue lo más osado que me animé a decirle. Por lo demás, asistí monosilábica al disloque de esa conversación. Los minutos pasaban y el ejercicio era mantenerme parada como un autómata en ese lugar de negatividad pura, donde la historia se sustrae, y la gravedad se invierte. Era estar parada en un lugar imposible, en el reverso de la historia, en la parte que necesita ser negada y, que a su vez, niega la historia. Salí de ese pabellón caminando rápido hasta la calle. El trinar insistente de los pájaros quebraba el espanto de aquel silencio.

Tantos años después repito la misma escena. Atravieso las rejas de hierro de la puerta principal, ya no me pide identificación un cabo; le hago señas a una chica vestida con ropa hippie, que está tomando mate en el mostrador de recepción en companía de un perro que duerme a su lado. El mismo hall, ahora desordenado, expresa ya una manifiesta decadencia. De los retratos queda una marca amarillenta en las paredes. Voy directo al Centro Cultural Haroldo Conti (quise ir a ver la muestra de Gaspar Acebo, que todavía no se inauguró y de la que también tengo algo para escribir), y me encuentro con la muestra "Escenas iluminadas de la memoria", que raramente se hace en el espacio de "teatro" del centro cultural.

Lo que me llamó la atención de la propuesta, en sentido positivo, fue la hibridez. Porque funciona como una instalación pero con cierto dramatismo teatral, al estar hecha por escenógrafos. Es un espacio que agrupa y conecta entre sí varios escenarios, como "nudos blancos" de la memoria -hay una cita a Piglia en la entrada a la sala-, y la instalación completa está musicalizada e iluminada automáticamente, dispuesta para recorrerse en cualquier momento. Esta propuesta contempla una segunda etapa, en la que se convoca a directores teatrales, escritores y actores para que creen, sobre estos escenarios, micro-escenas. Lo particular de esta obra -que trae a colación mi relato sobre la primera visita a la Esma-, es que la consigna que se les dio a los escenógrafos fue recrear el núcleo de sensaciones que los afectaron al ingresar por primera vez al predio. Así, recorrer estos espacios quizá signifique partir a una serie de expediciones aisladas a las profundidades de la memoria. Me gustaría leer esto como un ejercicio etico-estético, al estilo benjaminiano, para quien la memoria sólo servía para despertar "el gigante dormido del pasado"; esto es, para iluminar la posibilidad revolucionaria del presente.

Mientras esperaba el colectivo para volver a casa, miraba a la Esma desde la vereda de enfrente, sobre la manzana en la que construyeron un complejo de edificios (esos que están destinados a millonarios, o a hijos de millonarios). Este complejo tiene la particularidad de dar con sus lujosos balcones al predio del horror. Pienso en los pájaros. En las generaciones de pájaros que pueblan las copas de los árboles que encierra la Esma. Pienso en el canto inmutable de estos testigos insomnes, en el resonar sucesivo que se abre paso a través de los días, los años, las décadas, las centurias. En la transmisión de este canto ancestral quizá esté cifrado el eslabón que anuda a las generaciones. Quizá el canto de los pájaros nos enseñe a evocar con persistencia lo que no tiene que ser abandonado; quizá con su canto ellos nos despierten del confort narcotizante. Ahuyenten el letargo del olvido.

6 comentarios:

Tommy Barban dijo...

Tener un departamento con vista a la ESMA, mirá que hay que estar mal de la cabeza o ser un perverso.

Cece dijo...

sabés que cuando pusieron esos deptos en venta (todavía no era un espacio para la memoria), en el dibujo del proyecto borraron la vista al predio de enfrente (dejaron sólo los arbolitos), me acuerdo que había salido en página.

andres esteban dijo...

Yo estuve ahí en el 89'. En mi colegio teníamos un profesor en Seguridad e Higiene que era militar; y nos llevo a la esma en una recorrida para hacer un trabajo práctico??? Todavía la esma estaba en actividad... de solo recordar, me viene escalofríos!!!

Cece dijo...

q bárbaro tu profesor

L. Fabiana Perez dijo...

Hola Cece, cómo estás.
Quería pasar por aquí a contarte que tu posteo, tu microensayo aquí me llevó a visitar por primera vez el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (hacía rato que le venía dando vueltas a la visita) así que gracias por eso.
Te dejo, por si te interesa, el enlace a un álbum donde subí fotos de estas Instalaciones a las que te referís aquí"Escenas iluminadas de la memoria", y unas muestras más.

https://picasaweb.google.com/fasol33/CentroCulturalDeLaMemoriaHaroldoConti#

gracias otra vez
Saludos

Cece dijo...

Hola Fabiana!
Un honor que esto te haya movilizado. A mí también me costó un tiempo ir al Conti.